Tengo –casi- veintisiete años, y ninguna expectativa de vivir una vida prosaica y gris. Mi vida hasta hace unos años fue también la de estudiar, pasar horas frente al ordenador, moverme en bici, ignorar los ácaros, trabajar, quedar con mis amigos… bicicletay mi vida actualmente es la de disfrutar de mi familia, cuidarles, ignorar los ácaros –menos una vez al año que leo una noticia al respecto y me entra la neura–, cenar cualquier cosa porque terminamos el día agotados, ahorrar en calefacción, cambiar de planes en el último momento, quedar con nuestros amigos, estudiar, leer mucho y pensar, sobre todo, pensar.

Este escrito es para tranquilizar a Purificació, que afirma en su artículo “Hijos” que la maternidad es sinónimo de estancamiento de intelecto. Soy mamá de tres niños muy pequeños, me dedico a mi familia y no tengo un trabajo de 40 hs. fuera del hogar, sin embargo no he dejado por ello de lado mi formación, porque siempre he sido una persona con muchas inquietudes. Soy filósofa de vocación, y también me encantan la historia, la literatura… La maternidad me ha cambiado, pero no ha anulado mi personalidad. Yo trabajo desde casa unas horas a la semana, en la corrección de libros de historia, filosofía… También dedico tiempo a estudiar un máster: no revistas del corazón, ni eunnamedl último boletín de Serpadres –que leo en el autobús–, sino libros profundos y enriquecedores. Lo que quiero decir es que la maternidad cambia tus prioridades, pero, si tienes otros intereses que te hacen feliz, no hace que los pierdas.

Me aburre muchísimo el plan de ir al parque, te lo confieso. Pero es que no tuve hijos pensando en el parque, ni los tuve pensando en cambiar pañaparqueles, ni en mi propia realización siquiera. Te confieso también que he pasado horas montando a caballo en las que los ojos me brillaban mucho más que cuando ayudo a mi hija de un año y medio a tirarse por octava vez por el tobogán.
No me importa, no me hace sentir fracasada, porque no tengo hijos porque me gusten los niños –aunque los adoro-: si así fuera hubiera montado una guardería, porque los míos crecen bastante rápido. Tengo hijos porque amo a mi marido, y él me ama a mí, y nuestro amor nos hace tan felices que nos agranda el corazón para recibirlos. Y les tenemos por su bien, no por el nuestro. Porque pueden gozar de nuestro amor por ellos, y  serán personas con una inteligencia para conocer y con una voluntad libre para amar: podrán conocer el amor, podrán conocer a Dios. Lo cual no quita que también los hemos tenido porque son un gran bien para nosotros. A lo que me refiero es a que hoy en día la mentalidad reinante es la de tener hijos como parte de una realización personal: el hijo viene a realizar una parte de tu planificada vida, de hecho es calculado varios años antes (“a los treinta y tres quiero tener mi hijo, después de hacer esto y lo otro y lo de más allá”), el hijo es súper deseado, el hijo es súper adorado, el hijo es…

Pero no te lo voy a negar: tener hijos es sacrificado, pero es más maravilloso que sacrificado, o a la par a veces.  Al igual que Sergio, no quiero hacerte entrar en razón de por qué deberías tener hijos: efectivamente, tener hijos responde a una cuestión de espacio vital, y, si no lo tienes, es mejor no tenerlos. Porque ellos lo necesitan.  Lo que no me cabe duda es de que tener un hijo siempre vale la pena: si estás dispuesto a ceder, como tú dices, parte importante de tu espacio vital a otra persona. La cuestión está en que esa otra persona no es cualquiera, es tu hijo y el hijo de quien tú amas, y por eso la cesión de espacio vital se hace con mucho gusto.

Mi día a día puede parecerte prosaico y gris, pero para mí es apasionante. Disfruto de mis ladrones de espacio vital muchísimo, disfruto del amor de mi vida, y disfruto de estudiar, leer y trabajar, aunque esto en dosis que quizás a ti no te satisfarían. Tengo una biblioteca relativamente buena, y sueño con cada nuevo libro con el que puedo hacerme. Cada día es un nuevo reto para mí a todos los niveles, y me hace feliz pensar en que nunca me quedaré sin algo que estudiar o un libro sin leer.

Sin embargo, lo más importante que quiero transmitir es que no hace falta tener muchos estudios, ni acudir a congresos, realizar másteres, tener un gran trabajo, etc., para que tu vida no sea prosaica y gris. Lo dices tú misma cuando dices de vosotros “nos reímos sin parar y compartimos cada nueva y doméstica locura”. ¿Es eso prosaico? No, es la vida del amor, en la que la vida diaria es poesía. Mi vida diaria no es prosaica y gris precisamente por el amor con el que vivimos en nuestra familia el día a día.

Por eso, independientemente de la vida que lleven muchas mujeres, si trabajan fuera del hogar o no, si viven dedicadas a sus familias por completo, sus vidas no pueden ser calificadas de “prosaicas y grises” porque no lean a sus hijos los poemas de Bécquer. Yo pregunto… ¿de qué te sirve conocer en profundidad la poesía de Bécquer si desconoces la poesía que hay en el amor de una madre y de un padre? ¿Si no conoces la poesía que hay en la mirada de un niño pequeño, en la sencillez infantil, en su ingenuidad –preludio del Cielo-? ¿Si desconoces la poesía que es vida? estudiando-feliz1La poesía empieza ahí, y la conocen mejor muchas mamás y papás de vidas “prosaicas y grises” que, sin embargo, no saben analizar las Rimas y Leyendas de Bécquer –que a mí me encantan y que mañana me apresuraré a recitar a mis hijos para que sus vidas y la mía no se amuermen ni se envilezcan nuestras mentes-. La maternidad es poesía a veces, prosa otras muchas: mas nunca prosaica. Engrandece el alma, desarrolla la inteligencia y hace latir más fuerte el corazón.

A nosotros también nos pasa que cada vez nos reímos más: no os reís porque no tengáis hijos, porque yo los tengo y también es así. Si el amor se cuida, cada vez os reiréis más –aunque a veces no sea a carcajadas, sino en una sonrisa interior-, y si el amor está mal, cada vez menos. Y aunque hablamos mucho sobre cuestiones de las “importantes” –para que no creas que todo en la vida gira en torno al pañal–: la educación de nuestros hijos en  una sociedad deseducadora de por sí, la política española o mundial, la guerra de Siria, las familias en el mundo de hoy, o simplemente sobre él y yo; sin embargo también pasamos ratos divertidos hablando de nuestros pequeños. Incluso cuando estamos a veces enfadados con ellos o cansados, a los diez minutos nos estamos riendo con sus gracias. Así que, a más hijos, más risas, te lo aseguro.

Ser madre y ser padre ha supuesto para los dos un enriquecimiento mayor que el que nunca pudiéramos soñar, y el vértigo que sentimos al ver a nuestros hijos y sabernos responsables de ellos nos hace conscientes de la importancia de nuestra labor. Hoy en día criar, y educar, son “poca cosa”, porque se valora lo que es conocido, estudiado, alabado públicamente. Parece que “enseñar a los hijos de los demás la regla de tres fuera una carrera ambiciosa y una carrera mezquina relatar a los propios hijos todo el universo”, en palabras de Chesterton.

En cualquier caso, me da pena que sea esa la visión de la paternidad que te has formado, aunque, en el fondo, no me extraña. Vivimos en una sociedad hipócrita, que se pasa la vida diciéndote lo malo que es tener hijos, la pérdida de libertad que eso supone, para luego reclamarte tu deuda para con el índice de fertilidad. Mucha gente, cuando me ve tan joven y con mis tres retoños, me dice: “pfamilia_feliz-1ero, con todo lo que te quedaba por disfrutar, ¿no ves que era mejor más adelante?” y yo pienso: “si tan malo es, ¿por qué me animas a que los tenga más adelante? Si es algo malo, que me deja sin libertad, no los tendría nunca”. O me dicen con cara de pena: “si estás en lo mejor de la vida…”. Y yo les digo feliz: “Lo mejor de la vida, para lo mejor de mi vida”.

Antes de dejar mi mente en stand by mientras me duermo, tengo un segundo de claridad: soy una maldita romántica feliz, por eso tengo hijos. (Perdona el símil)

P.D: Este artículo entra en conversación con Purificació Mascarell, por su escrito “Hijos”.

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